26 de septiembre de 2010

¡Adiós, verano, adiós!

El verano llega a su fin. Un poco tarde, dirán algunos. Muy pronto, pensarán los otros. La relatividad del tiempo, que le pregunten a Einstein…

Desde el 1 de agosto no escribía nada. En verano se pierden las costumbres (buenas y malas) y la rutina desaparece, dando paso a un desenfreno sin organización donde el objetivo primordial de cada uno es pasarlo lo mejor posible, aprovechar los días, porque después se echan de menos. Inevitablemente, hay días muertos, vacíos, sin nada que hacer. Momentos de aburrimiento en los que la nada nos invade y en los que ansiamos el algo. Pero también momentos que, a lo largo del año, se evocan. ¡Quién pudiera tener diez minutos de esos en época de exámenes!

Este ha sido un verano bastante bueno en líneas generales. Un verano que agoniza en esta última tarde de domingo y que terminará de morir mañana a las 8 cuando la primera clase dé comienzo. Algunos se incorporaron a principios de septiembre, otros a mediados, y los últimos rezagados nos unimos ahora. Dejamos atrás un verano de grandes momentos, de recuerdos, de alegría, sonrisas, felicidad. El verano de la cima del fútbol y de la decepción del baloncesto.

Una nueva vida empieza con el nuevo curso. Cada año, en septiembre, se piensa más o menos lo mismo. Pero este es realmente diferente. Con la llegada de esta novedosa etapa, cambian las costumbres, la rutina, la gente del día a día. Pero, por supuesto, sin olvidar a los de siempre.

Quién sabe lo que deparará este curso. ¿Será bueno? ¿Malo? ¿Mediocre? ¿Divertido? ¿Odioso? ¿Funesto? El tiempo lo dirá. Con estas líneas pongo el punto final no sólo a una entrada, sino a un gran verano, el de 2010, con ilusión, melancolía y un poco de nostalgia, esperando que este sea un gran año y que, dentro de un año, pueda volver a escribir otro balance de un fantástico verano, sin perder la ambición de que sea mejor que este…