30 de marzo de 2010

A la tercera va la vencida...

A la tercera va la vencida. Uno de los refranes más utilizados por todos, si no el que más. Puede ser un simple dicho, pero todo dicho tiene su acción. Es decir, que si ha pasado a formar parte de ese amplio y variado refranero español, es porque tendrá algo de verdad. Quizás a la primera conozcamos la situación o hecho a conseguir, pero como es algo nuevo fallamos. A la segunda vamos más encaminados, pero nuestra falta de seguridad en el terreno genera también algunos errores. Y la tercera ya es la definitiva, porque hemos explorado la zona, hemos aprendido de los fallos y errores, y sabemos lo que hacemos, o por lo menos intuimos que vamos por el buen camino. Esta teoría no es más que una vana divagación mía, pero que, ¿por qué no?, podría tener algo de razón…

Esta mañana se ha puesto en marcha en Ginebra el famoso acelerador de partículas, esa máquina que, según algunos, nos conducirá a la destrucción del planeta. Pero a mí no me preocupa, porque si no es el acelerador serán las guerras, el cambio climático o un meteorito, como con los dinosaurios. El acelerador intenta reproducir una pequeña explosión del origen del universo, hablando de forma entendible, porque personalmente no entiendo mucho del tema, y no voy a poner a copiar tecnicismos. Pues bien, después de dos intentos fallidos, funcionó. A la tercera, que casualidad…

Creo que yo, y otros muchos, nos sentimos como el acelerador de partículas. No porque tengamos una agitada vida, que también, sino porque igual conseguimos algo al tercer intento. O no, porque en otros ámbitos no se ha logrado a la tercera, sino que se ha conseguido a la cuarta o quinta, o nunca…En fin, a la tercera, séptima o trigésimo segunda, lo importante es no desistir, seguir en el intento. Y sí, hay muchas veces que estamos hartos, hasta las narices (por ser fino), pero quién sabe si nuestro logro llegará a la tercera, tras cruzar la esquina…

29 de marzo de 2010

Ya van 26...

Con esta ya son 26 las entradas que publico. Parece mucho, pero en realidad no es tanto. Cuando inicié el blog hace 25 entradas, tenía ilusiones y pensaba en escribir todos los días. Escribí de una forma más o menos regular, y ahora suelo tardar más en publicar entradas. Pero más vale tarde que nunca, así que siempre habrá, más pronto o más tarde, una nueva entrada para que podáis leer, disfrutar o pensar que sólo son divagaciones de un chalado. Sea como sea, no me quedaré en el 26, y con este videoclip grabado hace unos días, y que forma parte de un proyecto de película que más adelante comentaré, os dejo, una vez más, con la seguridad de que no será la última.

It's my life: videoclip paródico



25 de marzo de 2010

Ese delicioso bombón de cianuro...

Ahora sí. Luego no. Otra vez sí. Odio a la gente como tú. Que majo eres, me caes súper bien. Ese chico me da asco. Ahora soy su amigo. Te odio, eres lo peor que hay en este mundo. Me caes genial no sé si alguna vez te lo he dicho… Todo esto sirve para reflejar lo que muchos ya habréis observado que va a ser el tema elegido para la lectura de hoy. Puede parecer en principio que es la bipolarización, el trastorno bipolar, esos cambios inexplicables y repentinos que sufren algunas personas; pero no. Porque lo que las situaciones anteriores reflejan es la hipocresía.

Hipocresía, esa palabra que muchos se empeñan en utilizar sin tener la más mínima idea sobre su significado. Pero la usan porque llena la boca. Uno la dice y se queda tan ancho. Según la RAE la hipocresía es el fingimiento de sentimientos que realmente no se tienen; quizá no lo haya clavado, hablo de memoria. Pero la definición es más o menos parecida. Todos, y cuando digo todos me refiero a la totalidad de personas, pues aquí no cabe duda de que alguna vez se ha sido hipócrita, hemos empleado esta bonita palabra alguna vez. A mí personalmente es una palabra que me agrada, porque queda bastante culta. Una palabra muy aprovechable y que en cualquier momento puede usarse. Porque todos hemos sido hipócritas, y si decimos que tal o cual es hipócrita, acertaremos, con mayor o menor rango de certeza, pero acertaremos. ¿Quién no se ha cruzado con alguien y ha fingido una sonrisa envenenada cual dardo amazónico? ¿Quién no ha hecho creer que alguien le caía bien cuando realmente lo detesta? Todos hemos sido hipócritas alguna vez…A fin de cuentas, la hipocresía no es más que un bombón relleno de cianuro. Funciona en pequeñas cantidades (pues el azúcar es antídoto del cianuro) pero un exceso en la dosis puede matar…

En fin, tampoco quiero enrollarme más, porque si no las entradas quedan demasiado espesas. Sólo aconsejaros que leáis el blog de mi amigo Álvaro, que también habla de la hipocresía, y me ha dado la idea de escribir sobre ella.

22 de marzo de 2010

No, no, no. Estribillo de una canción de Amaral, una que habla sobre la tarde del domingo. Pero también algo que debemos considerar a la hora de juzgar a la gente. O más bien de prejuzgar. Porque el tema de hoy son los prejuicios.

Prejuicios hay de muchas clases: prejuicios sobre el país, sobre el sexo, sobre la edad, sobre las personas, sobre las marcas, sobre lugares…Por ejemplo, nuestro país desde fuera se ve como toros y paella, y folclóricas, por supuesto; y para nosotros los franceses son afeminados, los alemanes bestias y los ingleses secos y fríos. Y este es sólo uno de los innumerables ejemplos que se podrían citar, pero no es cuestión de perder el tiempo.

Los prejuicios son algo innato, que se tiene, que es difícil eliminar y cambiar. Y la cualidad de juzgar bien a otros, si verdaderamente somos alguien para tener esa autoridad moral o intelectual, es la supresión de estas opiniones a priori. Pensamientos que nos impiden en muchos casos ver más allá de lo que nuestra cuadriculada mente nos permite. Esto es así y punto. Pero no. Muchas veces nos damos cuenta de que habíamos valorado mal algo o a alguien, que no es como pensábamos en nuestra ignorancia. Habíamos sobrevalorado o infravalorado por culpa de unos prejuicios que solo conducen a error. Por eso, una de las partes de alcanzar el verdadero conocimiento, ese saber tan deseado, es quitar estos juicios sin sentido que no inducen sino a la equivocación y al engaño. Es cierto que a veces estos prejuicios se han establecido de acuerdo a unos acontecimientos certeros, aunque no por ello se puede afirmar rotundamente. Y, aunque eliminar estas primeras opiniones es una tarea difícil, sino prácticamente inalcanzable, es algo necesario para poder conocer y observar algo objetivamente, y a partir de ahí construir un mundo mental basado en una realidad más o menos objetiva, pero sin ningún prejuicio que conduzca a principios equivocados.

21 de marzo de 2010

Silencio...

Es evidente por qué no hacemos nada. Por qué preferimos no actuar. Por qué nos gusta quedarnos quietecitos y callados. No, no es por jugar a lo mismo que los Flanders. Tampoco por buscar el silencio, esa cualidad que en los tiempos que corren cotiza a la baja, nadie lo quiere; todo es música y ruido. ¿Miedo a la soledad quizás? No me extrañaría, pues es de las cosas más temidas por las personas.

Aunque estemos callados y quietecitos, no es por nada de lo anterior. ¿Vértigo al fracaso, miedo a cagarla? Tampoco en el sentido estricto, pues siempre acabamos cagándola. Parecemos diarreicos crónicos. Por eso, tampoco es por no errar. ¿Por qué entonces? Está claro que en ocasiones puede ser alguno de los motivos anteriores, o cualquier otro que no haya nombrado. Pero la mayoría de veces es por la ilusión. En cierto modo, la ilusión del iluso. Más que la ilusión, la pérdida de la ilusión. Temor a perderla. Si la esperanza es lo último que se pierde, a eso tenemos miedo, a perderla. Porque con el silencio siempre podremos cambiar una situación, rectificar, mantener la ilusión. El niño que no le pide a su padre ir a la feria por si le dice que no, y calla deseando ir. Ese es nuestro miedo, nuestro vértigo. Porque un no acaba con nuestras esperanzas e ilusiones, con nuestros sueños y deseos. Porque con ese no ya no queda nada más. El niño llora en la intimidad desconsolado. Por eso callamos, por mantenernos vivos, aunque sepamos que sin hablar tampoco conseguiremos lo que deseamos. Pero tenemos más miedo a perderlo que a no conseguirlo. Dicen que la vida está hecha para valientes, para héroes. Puede ser, pero muchos que creyeron ser Superman cayeron por la ventana…