22 de diciembre de 2010

El dia de la salud

El día de la salud. Es el tópico de cada 22 de diciembre. Unos son afortunados porque les toca la lotería, y los demás nos conformamos con un pequeño pellizquito (si llega) y, sobretodo, con la salud ¿Y los enfermos qué dicen? En la tele, los agraciados utilizan las frases que se suelen decir en estos casos: “para pagar la hipoteca”, “para unas vacaciones”, y la grande entre las grandes, “para tapar agujeros”. ¡A veces me planteo si vivimos en un país o en un queso gruyere!

En fin, otro año más que toca esperar. Aunque ahí está la del niño, que tiene más premio (o eso dicen). Pero no es lo mismo, la que gusta es la de Navidad, aunque toque menos, es el Gordo. Dentro de un año volveremos a tener otro día de la salud, o uno de suerte. La ilusión está ahí. Porque hay una cosa segura: al que no arriesga y no juega, seguro que no le toca…

19 de diciembre de 2010

Ese olor a invierno

Ese olor a invierno. Ese aire frío que roza el rostro, el mismo que entra por las fosas nasales y nos hiela interior, el que reseca los labios, el que hace que los ojos lloren. Esa sensación de melancolía y nostalgia que surge en invierno, causada por la pérdida de horas de sol, por el anochecer que acecha detrás de cada minuto…

El invierno vuelve más triste a la gente. El otoño es un híbrido entre felicidad y tristeza. El frío de la mañana y la noche es el contra. La calidez del mediodía el pro. Pero hay más frío que calor, más noche y mañana que mediodía. Hay más contras que pros. Por eso lo fácil en otoño e invierno es ir con cara triste. Y lo bonito conseguir sacar una sonrisa de felicidad…

11 de octubre de 2010

Más sueños...

Semana de puente, de pausa, de un poco de descanso, un respiro pequeño para asimilar el inicio del curso. Aunque, como siempre, con muchas cosas que hacer y poco tiempo para hacerlo. ¿Dejaremos algún día de arañar segundos al reloj? No lo creo…

No sé muy bien que escribir hoy, quería hacerlo por rellenar un poco, por no tener el blog tan vacío. Y en este alarde de improvisación en el que estoy (para bien o para mal), me apetece hablar de los sueños. Los sueños, con y sin doble sentido. El sentido primero sería el del acto de soñar, lo que nuestra cabeza representa en la mente cuando dormimos. Esas fantasías que, en ocasiones, parecen tan reales y que se esfuman en un segundo en cuanto despertamos. Esas irrealidades que tan bien y tan mal nos lo hacen pasar… Y esas cosas de las que casi nunca nos acordamos, y si lo hacemos nos parece demasiado incoherente. ¡Con lo coherente y normal que parecía en el momento! El segundo sentido estaría muy relacionado con el primero, por decirlo de algún modo, derivaría de él. Es el de los sueños como ilusiones, como algo deseado, que queremos que suceda. Algo por lo que suspiramos y luchamos, nos movemos, y por lo que intentamos no rendirnos.

Los sueños, en ambos sentidos, tienen muchas similitudes. Porque muchas veces lo que deseamos se esfuma en un momento, en un segundo, como cuando despertamos y nuestra proyección mental desaparece. Y generalmente sucede cuando mejor lo pasábamos. También porque a veces nuestras ilusiones son irreales, porque las deformamos hasta el extremo de poner en duda cualquier aspecto; creamos escenarios inverosímiles, vemos a las personas como queremos, no como son. Y porque los sueños, que no las pesadillas, son cosas que generalmente gustan, o, por lo menos, que no disgustan. ¿Quién no ha despertado de un sueño sonriendo? Más de una vez hemos querido vivir lo que mientras dormíamos vivíamos, y no lo que vivimos en vigilia, de la misma forma que queremos vivir lo que deseamos.

Por suerte, o por desgracia, los sueños no siempre se cumplen. La magia de los sueños reside en la irrealidad que en ellos hay. Quizá, si alcanzásemos la cumbre del sueño, no seríamos tan felices, porque no tendríamos nada con lo que seguir soñando. Esa es una de las paradojas de la vida. En fin, como decía Calderón, la vida es sueño, y los sueños, sueños son…

26 de septiembre de 2010

¡Adiós, verano, adiós!

El verano llega a su fin. Un poco tarde, dirán algunos. Muy pronto, pensarán los otros. La relatividad del tiempo, que le pregunten a Einstein…

Desde el 1 de agosto no escribía nada. En verano se pierden las costumbres (buenas y malas) y la rutina desaparece, dando paso a un desenfreno sin organización donde el objetivo primordial de cada uno es pasarlo lo mejor posible, aprovechar los días, porque después se echan de menos. Inevitablemente, hay días muertos, vacíos, sin nada que hacer. Momentos de aburrimiento en los que la nada nos invade y en los que ansiamos el algo. Pero también momentos que, a lo largo del año, se evocan. ¡Quién pudiera tener diez minutos de esos en época de exámenes!

Este ha sido un verano bastante bueno en líneas generales. Un verano que agoniza en esta última tarde de domingo y que terminará de morir mañana a las 8 cuando la primera clase dé comienzo. Algunos se incorporaron a principios de septiembre, otros a mediados, y los últimos rezagados nos unimos ahora. Dejamos atrás un verano de grandes momentos, de recuerdos, de alegría, sonrisas, felicidad. El verano de la cima del fútbol y de la decepción del baloncesto.

Una nueva vida empieza con el nuevo curso. Cada año, en septiembre, se piensa más o menos lo mismo. Pero este es realmente diferente. Con la llegada de esta novedosa etapa, cambian las costumbres, la rutina, la gente del día a día. Pero, por supuesto, sin olvidar a los de siempre.

Quién sabe lo que deparará este curso. ¿Será bueno? ¿Malo? ¿Mediocre? ¿Divertido? ¿Odioso? ¿Funesto? El tiempo lo dirá. Con estas líneas pongo el punto final no sólo a una entrada, sino a un gran verano, el de 2010, con ilusión, melancolía y un poco de nostalgia, esperando que este sea un gran año y que, dentro de un año, pueda volver a escribir otro balance de un fantástico verano, sin perder la ambición de que sea mejor que este…

1 de agosto de 2010

La dificultad de las cosas

¡Qué difíciles son a veces las cosas! Creo que es porque nos complicamos tontamente la vida, porque decidimos darle vueltas a lo que no tiene más. Parece que todo tiene que ser sencillo, fácil, simple. Pero al contrario, es complicado, difícil, complejo. Ojalá todo fuera tan factible como lo es para los niños. ¡Quién pudiera volver a la infancia! La infancia, ese mundo donde A es A, B es B y C es C, donde cada cosa tiene su nombre, donde un “sí” y un “no” tienen un significado claro y directo. Un mundo donde las cosas se olvidan rápido, te peleas y a los cinco minutos vuelves a jugar. Donde si quieres algo vas a por eso, te empecinas, lloras si no lo consigues y te ríes cuando lo tienes. Los niños, esos locos bajitos que ven todo tan natural.

También podíamos tener un botón de reinicio, o una papelera de reciclaje en la que meter las cosas que no queremos. Será que aunque en un momento queramos olvidar y borrar, en un futuro quizá sea un grato recuerdo que nos haga sonreír, y por eso no lo borramos. Otra cosa que envidio de los ordenadores es su inmediatez, en un solo clic (o dos) se tiene lo que se quiere.

En el mundo de los no niños, las cosas no se consiguen con clics, y A es B, B es C y C es A y todo es mucho más complejo. El otro día, hablando con una persona de confianza, me dijo que las cosas no llegan solas, hay que ir a por ellas. No le faltaba razón, y ya que no hay un botón de reinicio, creo que será mejor ir a por lo que uno quiere hasta el final que ponerse a borrar datos y carpetas que siempre vuelven a aparecer. Si ya lo he dicho al inicio: ¡qué difíciles son las cosas!