28 de febrero de 2010

Quiero creer...

Después de 5 días de ausencia, es hora de retomar el blog. Lo retomo en un día que pone fin a un mes, el segundo del año. Ya avisé que febrero es un mes corto pero intenso, que puede aplicarse bien el refrán de que lo bueno, si breve, dos veces bueno. Mañana empieza marzo, el mes de la primavera y de las fallas. Pero no adelantemos acontecimientos.

Ayer cerré este mes (puesto que hoy no creo que haga nada especial) yendo al cine a ver Invictus. Hace un tiempo escribí una entrada llamada Un juego vital que ya hablaba algo de la película. Me daba miedo pecar de iluso, pero sin duda, acerté todo. Y no sólo acerté sino que me quedé corto. Realidad o ficción (yo quiero creer que realidad), se nos muestra el lado humano de un dirigente. Nelson Mandela ha sido el último gran político, el último de esa lista de hombres (y alguna mujer, todo sea dicho) que hicieron grande eso que llamamos política, que con un discurso conmovían naciones, que actuaban por y para los demás, que creían lo que hacían y ellos eran los primeros en aplicar lo que tanto promulgaban. La película nos acerca a un hombre que luchó, que nunca desistió, que siempre sacó fuerzas y siguió adelante pese a pasar casi 30 años en una diminuta celda. En definitiva, un ejemplo de ser humano.

Quiero pensar que Mandela no será el último gran político, que a pesar de que cada día nos sentimos más defraudados por los que mandan, llegará un día en el que aparecerá un nuevo Mandela, un nuevo Kennedy, o cualquier otro gran político que se os ocurra. Quiero pensar que el mundo no se acaba, que podemos cambiarlo, que llegará un día en el que el poder económico será secundario. Tengo esperanzas en que alguien nos devuelva la creencia en política. Mandela creyó que podía cambiar un país, que reconciliaría a negros y blancos, no se vengó sino que perdonó. Si una persona encerrada injustamente fue capaz de no vengarse y perdonar, si creyó en algo nuevo, en un país mejor, nosotros también podemos hacerlo. Yo quiero creer…

23 de febrero de 2010

Uno de esos días...

Suelen decir que hay días buenos, otros regulares y algunos realmente malos. Supongo que luego vienen los pésimos. Creo que después ya no hay nada…Quizá hoy es uno de esos días muy malos, en el límite entre lo frustrante y lo catastrófico. Uno de esos días de tiempo apacible, con sol, pero con un viento que parece avecinar tormenta. Espero que no sea la calma que precede al huracán.

Estamos en la recta final de febrero, hemos pasado los dos patitos, bueno, tres por ser el segundo mes, y la rima de la suma de la fecha de hoy es la más conocida. A priori todo parece normal. Pero verdaderamente es uno de esos días que hay que tirar de coraje para aguantar, para no mirar la ventana, abrirla y tirarse. Hay que demostrar la parte más humana de cada uno y a la vez la más animal. La animal por tener que estar alerta constantemente y luchar sin piedad. La humana por la lucha, no el acto en sí, sino los motivos. Humana por el coraje que hay que echarle. Humana por la valentía. Humana por seguir, por no cansarnos, por no rendirnos, por defender hasta la muerte lo que creemos, y, sencillamente, por esto último: por lo que creemos.

Creencias hay de muchas clases: religiosas, supersticiosas, obvias… Y, aunque no lo parezca, todas tienen algo en común. Incluso las religiosas, tan distintas, variadas y diversas, tienen algo en común. Creen en algo. Luchan por algo. Depositan toda la esperanza en algo. Otra vez, sí, parece que todo nos lleva hasta la esperanza. Pero hoy, aunque sea inevitable nombrarla, no es un día para ella. Porque aunque tengamos esa creencia, nos la replanteamos. No me considero religioso, ni supersticioso en exceso (sí un poco, ¿y quién no?), ni tampoco creo en cosas muy obvias, del tipo que todo lo que sube baja y cosas por el estilo. Creo en cosas simples, en las que casi todos creemos. Esto no quita que tenga mis rarezas, que son tantas como normalidades, sino más. Y aún con las creencias, con mis esperanzas puestas en algo, días como hoy hacen que uno se lo replantee todo. Es ese día que reflexionamos sobre lo que hemos hecho bien y mal, y pensamos lo que tenemos que cambiar, que mejorar. También lo que no cambiamos y dejamos estar, por el motivo que sea: porque es lo correcto, nos gusta o sencillamente porque nos da la real gana.

Hoy es un martes de reflexión, de análisis, de sacar conclusiones. Un martes de melancolía y nostalgia, pero también de futuro, progreso y esperanza. Un día de los complicados, porque miramos atrás, adelante y al centro; y nuestro cuello se resiente. Hoy toca pensar, meditar, reflexionar. Y después de todo, toca sacar una sonrisa para afrontar mejor el futuro, para disfrutarlo, para pasarlo bien, y para continuar con el vano intento de ser felices. Un día humano. Uno de esos días…

20 de febrero de 2010

Un día me di cuenta...

Un día lo descubrí. Me di cuenta de todo. No hay que esperar nada, porque si lo esperas y nunca llega, es un golpe bajo. Ni Tyson repartía así…Lo mejor, y por lo que yo he optado, es por no esperar. Si no esperas, no hay decepción. Y si viene algo, pues mejor. Sino, era de esperar…

Quizá esto parezca un poco estúpida u obvia. De hecho lo es, pero parece que en ocasiones cuesta de entender. Es aquello de tropezar dos veces con la misma piedra. El refranero tiene de todo. Porque una vez esperamos algo (generalmente bueno), y nos llevamos una decepción. No pasa nada. A la segunda, uno ya se siente peor. A la tercera, lejos de ir la vencida, la cosa va a más; empieza el mosqueo. Con la cuarta, quinta, sexta y séptima va aumentando el mosqueo progresivamente y se transforma en enfado. En la octava, el enfado es frustración. La novena es una mezcla entre irritación, frustración y mosqueo: solemos llamarlo resignación. Es en la novena cuando nos pensamos que nuestra vida es una mierda. Que no merece la pena nada. Entramos en depresión. La décima nunca llega…

La conclusión que sacamos es una: debemos ponernos siempre en lo peor. Lo he explicado al inicio y vuelvo a hacerlo: si no esperamos nada, o algo malo, todo lo que caiga no nos sorprenderá. Si esperamos algo bueno, aparte de sorprendernos, nos sentará como una patada en los cojones. Lo digo claro. Esto es fácil de decir, fácil de pensar. ¿Es fácil de aplicar? Si lo fuera, seríamos perfectos. ¿Lo somos? No, la perfección no existe, en ningún sentido. Por mucho que diga Descartes, la perfección es algo que hemos inventado, algo abstracto que representa algo inexistente. ¿En qué consiste? ¿Alguien la conoce, convive con ella? Casi seguro que no…Por eso, como no somos perfectos, no lo aplicamos. Continuamos esperando algo bueno. Y continuamos con la decepción.

Para empeorar un poco el tema, le añadiremos más hierro al asunto. La decepción es todavía mayor cuando viene de otra persona. Una, dos, tres…El problema de esta situación, no reside en uno mismo, y por tanto no podemos controlarlo. Porque si depende de nosotros la solución, en menor o mayor grado, podemos cambiarlo; siempre puede hacerse más, por mucho que creamos haber llegado al límite, con el tiempo descubriremos que nuestros límites van cambiando, van transformándose, van aumentando. Pero cuando es de otra persona de la que dependemos, la frustración es mayor. Las fases de la cuatro a la siete avanzan a una velocidad espeluznante. ¿Será que el hecho de no poder solucionarlo nosotros mismos nos crea una mayor sensación de irritación, de impotencia? En mi opinión sí. Cuanto más difícil es algo, más inalcanzable, cuanto más imposible, es cuando más se quiere. ¿Incoherencia? Por supuesto, somos humanos. El ser humano sin incoherencia, no es nada.

La solución al problema es compleja. Igual alguna eminencia psicológica aporta una solución. Si alguien piensa en resucitar a Freud, no lo necesita, ya sabe la respuesta: la culpa es del sexo. No obstante, si aún con las decepciones y frustraciones salimos adelante, es por algo. Algún motivo tendremos, algún motivo humano. ¿Alguna persona quizás? ¿Algún valor en el que creemos y por lo que luchamos? Depende. Cada uno tiene el suyo. Lo importante es saber por qué seguimos y continuamos. Todos tenemos una o más razones. Y da mucho gusto saber cuál es. Yo he encontrado la mía, y espero que tú también lo hayas hecho. ¿Paz mundial? ¿Ese amor platónico? Da lo mismo, lo importante es aferrarse a algo.

Y de este aferramiento surge la esperanza. Por algún lado tenía que salir. Creo que en la entrada anterior que hablaba sobre ella lo dije, y lo reitero: la esperanza es uno de los sentimientos más maravillosos, sino el que más. Porque sin ella no existiríamos, no tendríamos motivos para seguir adelante. Gracias a ella, cuando se cierra una puerta se abre una ventana. Prefiero las puertas, pero bueno, menos es nada…

La moraleja de toda esta parrafada es que por muchas decepciones, por muchas adversidades, siempre tenemos alguna esperanza. Y sea lo que sea, es lo que un día nos hace salir de la fase nueve, y volver a empezar. Hay dos cosas imprescindibles en esta vida: no esperar nada y tener esperanza. Parecen contradictorios pero no. Y respecto al problema de la decepción por otras personas, sólo tengo una teoría: un día me di cuenta de que la gente es idiota.

18 de febrero de 2010

Continuar y Filosofía

Continuamos con la lluvia, continuamos con la semana que pronto acaba, continuamos con el frío y continuamos continuando. Lo dije ayer y lo reitero. Debemos continuar. Tenemos que continuar. Es casi una obligación. Somos seres humanos, y siempre continuamos. Así que yo no seré la excepción, y llegando a la docena, como los huevos, continúo escribiendo después de tres días de ajetreo…

La entrada no la dedico a nada ni nadie en especial, sino a un conjunto de cosas. La primera, como no, es la continuación de la que hablaba antes. Porque los seres humanos, no sé muy bien por qué, siempre tendemos a mirar hacia el futuro. Un futuro incierto e impredecible, confuso. Por algún motivo, no vivimos nunca en el presente. ¿Tan mal estamos? ¿Por qué no disfrutamos más del día a día? Porque, en caso de no depositar toda nuestra ilusión en el futuro, nos centramos en el pasado. Entre ambos, me quedo con el futuro, sin duda. Más que nada porque el futuro está por llegar y puede cambiarse (relativamente) pero el pasado es algo que está ahí, no va a moverse ni a volver y no va a cambiar. ¿Por qué nos centramos en él entonces? ¿No es mirar la piedra quieta en lugar del animal que corre? Siempre me he preguntado que impulsó a Karina a decir que cualquier tiempo pasado nos parece mejor. Por lo menos a mí, no me lo parece. ¿Alguien volvería a la Segunda Guerra Mundial? ¿A la Gran Guerra? ¿A la esclavitud y el Antiguo Régimen? Igual algún resto de la aristocracia lo haría, pero yo ni me lo pensaba. Tampoco es que el de ahora sea un mundo ideal, pero algo se ha mejorado, aunque sea poco…menos da una piedra. Como decía al inicio, siempre miramos hacia delante, seguimos, continuamos. Depositamos nuestras esperanzas en lo impredecible, lo impreciso, pero en algo hay que depositarlas. ¡Y qué mejor que en el progreso, la prosperidad, la felicidad…!

El otro asunto del día es Descartes. Un filósofo muy aclamado por muchos, uno de los más famosos, pero que a mí me ha dejado algo que desear. Si bien es cierto ha intentado salir del pienso, luego existo y concluir algo, no como Kant que llegó a la nada y se quedó tan ancho, pero los argumentos dejan bastante que desear. No sé si es peor lo de uno o lo de otro. Porque uno nos dice que las cosas son buenas porque Dios es bueno, que somos nosotros los malos que se equivocan. Y el otro se queda de brazos cruzados. Prefiero pensar que Descartes hizo algo más. Por lo menos tuvo imaginación…Platón tampoco es que se lo currara mucho, se inventó una realidad alternativa y poco más, pero sus argumentos eran más complejos; propios de alguien con mucho tiempo y con una falta de riego (pensarán muchos), pero más complejos. Aunque también he de añadir que me encanta la forma con la que Descartes aplica la duda y razona. Algunos argumentos dejan que desear, sí, pero la manera de enlazar conceptos parece simple y es realmente compleja. Para nada dudosa…

No descarto (y aquí llega el chiste fácil) hablar otro día más en profundidad, pero no es cuestión de comerse un platón de filosofía así, de repente, sin avisar (¡y sigo!). Sobre Kant aún no tengo chiste fácil, pero tiempo al tiempo…

15 de febrero de 2010

Bienvenidos al club

Los lunes siempre son un día odiado por todos, o por la casi todos si se da el caso de que existe algún masoquista por ahí. La palabra lunes tiene siempre una connotación negativa, todos pensamos que es un día bastante asqueroso porque significa el final del fin de semana y la vuelta a la rutina, a la estresante vida diaria, y significa que todavía quedan cinco días para que volvamos a ese ansiado descanso que empieza la tarde del viernes y acaba la noche del domingo. Y es que el lunes ha caído mal, porque se mire por donde se mire, hay algo malo en él.

Para muchos un día con sol es algo fantástico, maravilloso, impresionante, excitante, vivaz, y una larga lista de más adjetivos. Vamos, que si no fuera porque se morirían de sed, por ellos nunca llovería. Entonces, para esta gente, y suponiendo que no les guste el lunes, hoy es un día odioso: lluvia y lunes, una combinación nefasta. Tanto o más que un martes trece…

Probablemente el problema está en que no sabemos ver lo positivo de los lunes y la lluvia, y preferimos quedarnos con lo negativo. Esta es otra de las tan fantásticas y estupendísimas características que tenemos nosotros, los seres humanos. Ya lo decía Van Gaal: “siempre negativo, nunca positivo”. Un día tendré que hablar del ser humano, porque ya son varias las peculiaridades que de ellos he mencionado, y así no dejo las cosas a medias. Pero de momento me quedo con los lunes lluviosos. Como la mayoría de la gente, prefiero un día soleado y templado a un frío día de lluvia; más aun los fines de semana. Pero los lunes no me molesta que llueva. ¿Qué mejor que volver a la aburrida rutina que con una fina lluvia? ¿No es mejor esto que un día soleado en el que tengamos el deseo de salir y nos preguntemos constantemente “qué hago yo aquí”? A fin de cuentas, no parece tan malo visto así…

No obstante, y aunque generalmente prefiero un solecito, soy de las pocas personas a las que les gusta la lluvia, esa fina lluvia de invierno que convierte el ambiente en un paisaje melancólico y nostálgico. Supongo que mi amigo Álvaro estará de acuerdo con esto, porque él también es del club. Desde el punto de vista subjetivo, el lunes nos aporta cosas mucho más profundas. Cada lunes tenemos la oportunidad de empezar una nueva semana, tenemos una nueva oportunidad de mejorar, de crecer, de avanzar y de evolucionar. Hay días, semanas, meses e incluso años mejores y peores, pero la clave está en empezar cada semana de nuevo, de no abandonar esta lucha continua que tenemos, de seguir adelante. Si la anterior ha sido una mala semana, borrón y cuenta nueva, si ha sido una buena semana, intentemos repetirla o mejorémosla. Podemos empezar la semana mirando la lluvia y pensando lo que todavía tenemos por delante, lo que nos queda por hacer. Seamos un poco positivos…

Por todo esto, un lunes con lluvia es a la vez la peor y mejor situación que se puede dar. Empieza la semana, la lluvia deprime, nos apaga, pero tenemos una nueva oportunidad, podemos reflexionar, seguir adelante una vez más. Igual, a partir de ahora, más de uno empieza a mirar los lunes de otra manera. Puede que, al fin y al cabo, ya no tengáis ese mal concepto de la lluvia. Bienvenidos al club.