12 de junio de 2010

Disfrutar...

Después de dos semanas sin una miserable palabra aquí estamos de nuevo. Semanas sin palabras y sin tiempo, donde todo se reduce a una tediosa rutina de estudiar, comer y dormir, estudiar, comer y dormir, estudiar, comer y dormir… Por si era poco, los exámenes, ¡pum!, en tres días. Ahora ya todo se ha terminado, la rutina de estudiar, comer y dormir se cambia por la de comer y dormir. Y por disfrutar, por pasarlo bien, por reír, por entretenerse, por no estudiar nada en tres meses; faltan los resultados, pero el sentimiento de satisfacción por el trabajo bien hecho, o no tan bien, está presente. Todo lo que empieza acaba, aunque no lo parezca.

Por buscar algún “pero” al asunto, si de verdad puede considerarse como un “inconveniente”, nos queda el regusto amargo, incluso agridulce, ese que siempre tiene la vida para que no nos creamos que todo es perfecto. En el examen de Castellano apareció un texto de Elvira Lindo con una frase que me agradó: la felicidad carece de prestigio intelectual. Supongo que lo que por un lado entra por el otro sale, y la sabiduría tiene esa pega; o no, quién sabe. En fin, sin seguir enrollándome con cosas abstractas, todo este párrafo significaba que se ha acabado un ciclo y empieza otro que todos dicen que es mejor (fíate tú de la gente). El regusto amargo-agridulce es el de saber que, a lo peor, algunos compañeros o amigos se marcharán a estudiar a otro lugar, y aunque suele decirse que no, el contacto se acaba perdiendo. El pasajero de al lado baja en su estación y suben otros.

De todas formas, no es momento de ponerse a buscar pegas a todo, sino de ser felices, lo más felices que podamos. Ya habrá tiempo de preocuparse, que siempre lo hay. Así que, señores, disfruten…

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