14 de mayo de 2010

Mi capricho

Esta tarde la he pasado haciendo el tonto, como cualquier otro viernes acostumbro a hacer. Pero además de hacer el tonto, el viernes es mi día de reflexión. Cuando voy en el coche, de un lado a otro, pienso un poco en cómo ha sido la semana, como será la que viene y lo que voy a hacer este fin de semana. Ahora toca estudiar, más de lo habitual si cabe, pero el final de las clases ha roto la monótona rutina. Bueno, mejor dicho, la ha roto en el exterior, porque interiormente todo parece seguir igual…

Los humanos somos los animales que poseen el cerebro más desarrollado (salvo alunas excepciones). Y supongo que por eso somos muy cabezones, en ambos sentidos, aunque especialmente en el sentido abstracto. Sí, vuelvo a la piedra con la que siempre se tropieza. Me pregunto por qué en ocasiones somos tan testarudos. De forma inconsciente, pero testarudos. Es encapricharse con algo y no hay quien lo quite de la cabeza. El “run-run” continuo que ronda. Y para este “run-run” la rutina no importa, siempre está ahí, sea lunes, jueves o domingo, vacaciones o día laboral. No se puede decir aquello de “olvídalo”, “déjalo estar”, “pasa página”, porque si el niño quiere el caramelo, hará todo lo posible por conseguirlo. Le entrará la pataleta, será pesado, pero hasta que no vea otra cosa con la que entretenerse, caramelo. A veces me acuerdo del sueño de Lisa Simpson y el poni: aunque no insista, lo sigue deseando. Subido a un árbol esta tarde, he reflexionado brevemente: la subida ha sido poco costosa (todo requiere un esfuerzo, aunque sea mínimo), pero en cambio la bajada, en mi caso, ha sido excesivamente dificultosa. El encaprichamiento es la cómoda subida, y lo costoso es desencapricharse, es decir, la bajada.

En el fondo, o no tan en el fondo, somos como niños, o como Lisa. Quiero pensar que esta tozudez es fruto del sentido combativo del ser humano, ese que hace que nunca se rinda, ese que permite superarse a uno mismo, que consigue lo imposible, que en los momentos difíciles se consiga ganar. Pero en muchas ocasiones es un simple “quiero y no puedo”. ¡Qué complejidad la nuestra! Por suerte en nuestro fructífero refranero tenemos, como de costumbre, una chispa de lucidez. Así que cuando luchemos por lo que no se puede luchar, cuando nos encontremos en la absoluta negación, en la contundente nada, en la contradicción más grande, en una guerra contra el mundo, recordemos que la esperanza es lo último que se pierde.

Y como esto es así, supongo que toca seguir deseando lo que cada uno quiere, aunque todo esté en nuestra contra, y esperemos a que quizá un día aparezca otro capricho que nos quite el de ahora, un clavo saca otro clavo, ¿no?. Aunque hay caprichos y caprichos, y creo que el mío es de esos que duran demasiado… ¿Acabaré golpeando una mesa al son de “quiero mi capricho”? Por lo menos, que no me caiga nada encima…

1 comentario:

  1. Esto me evoca a aquello de "Tu no es que tropieces dos veces con la misma piedra... lo que parece es que quieres romperla con la cabeza"

    Caprichos y cabezonería... ese es el tema...ahora toca el resumen y el esquema organizativo... XD gran reflexión!

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