Después del treinta viene el 31, es evidente. Y hoy, inevitablemente, toca hablar de deporte. Pero no de fútbol, que ha monopolizado mis últimas entradas, y que, sin duda, es el deporte más seguido. Lo escribí una vez, y lo diré las veces que sea necesario: el deporte es vida. Es un juego vital. Y desde hoy, el deporte ha perdido un pellizco de esa vitalidad…
Ha perdido la parte que Juan Antonio Samaranch le dio. Samaranch fue, durante más de veinte años, presidente del Comité Olímpico Internacional y, desde 2001, presidente de Honor vitalicio. Consiguió convertir al deporte en algo de masas, devolvió parte del espíritu olímpico a las Olimpiadas, aunque parezca una paradoja; antes de su llegada, los Juegos Olímpicos estaban demasiado politizados. Sin duda, podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que ha sido el personaje más emblemático del deporte español a nivel internacional. Consiguió Olimpiadas para Barcelona en 1992, acabó con el boicot político a los Juegos y contribuyó a la lucha contra el dopaje. Este último punto, junto a la corrupción del COI, fueron los aspectos más discutidos.
No obstante, siempre es mejor quedarnos con lo positivo de cada uno. Nunca conocí a Samaranch, como otros muchos, y puede que ni siquiera compartiera gustos políticos e ideológicos, pero sí que hay algo que tenemos en común: la pasión por el deporte. Cuando recuerdo sus apariciones en televisión o radio, me viene a la cabeza un hombre que luchó, hasta sus últimos meses, por el deporte; en octubre, a sus 88 años, todavía aparecía defendiendo la candidatura de Madrid 2016.
Por eso, a mí personalmente, me parece que Samaranch fue el alma y pasión del deporte español. Fue la ilusión y el espíritu de los Juegos Olímpicos. Fue parte de ese juego vital. Un juego que, sin duda, hoy es un poquito menos vital que ayer. Pero la vitalidad volverá. Es la grandeza del deporte.

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