Una visita a la soledad. Una visita al vacío, a la desilusión. Una visita al mundo de los sueños rotos. ¿Quién no ha estado allí alguna vez? Nadie lo elige cuando va a la agencia de viajes, pero alguna vez en la vida se acaba visitando. Excepto algunos afortunados que no han tenido el placer de hacerlo.
Es la típica visita inesperada que llama al timbre y nos hace ir a vestir, porque estábamos en pijama. Un viaje sin planificar, de última hora. Ayer me di cuenta de cómo cambian las cosas respecto a lo que uno piensa. Y ya puede planificarse algo, que nunca será exactamente como lo habíamos pensado. Y también hay que ahorrarse decir eso de: de esta agua no beberé. Por si acaso…
Es una visita emotiva y de reflexión. Un paso de lloro, frustración o rabia, de pensar, de darle vueltas. Pero es mejor no hacerlo, aunque sea casi inevitable. Porque no hay más, porque el niño se ha quedado sin ir a la feria, y ahora es cuando piensa que no tenía que haber pedido ir. Pero no hay que hacerlo, porque sólo llegaremos a la conclusión anterior, la de quedar como imbéciles, como estúpidos. Ya que empezamos, acabemos, salgamos del bosque como el viajero de Descartes, y dejemos de dar vueltas en círculo. Al principio cuesta aceptarlo, el niño se pone triste y de sus ojos gotean unas lágrimas. Pero el niño no puede estar toda la vida enfadado con su padre por no llevarlo a la feria, y después de unos días volverá a ser el de antes. La feria habrá pasado y seguirá siendo aquel que disfrutaba con los juguetes. Habrá más ferias a las que podrá ir, o no, quién sabe, pero esta la ha perdido y de nada sirve estar mal siempre.
La visita a este misterioso lugar tiene una salida difícil, porque hay demasiadas calles y callejones cerrados, por eso necesitamos una ayudita, pero los demás no pueden andar por nosotros, somos los únicos capaces de mover las piernas. Así que no hay otra opción. El niño se seca las lágrimas y vuelve a sonreír después de llorar. Vuelve a ser feliz. Disfruta con sus amigos, con sus juguetes, con la más mínima tontería. Ojalá pudiéramos a volver a ser niños, tan felices con tan poco…
Desilusión, soledad, tristeza, sueños rotos… No se puede hacer más, así que lo mejor será levantarse, como seres humanos. Esos que siempre continúan y siguen, que se ponen otras metas, que intentan olvidar, que intentan superar y superarse a sí mismos. Que no se rinden ante las adversidades.
La felicidad está en las pequeñas cosas de cada día, esas que los niños saben aprovechar y los no tan niños a veces no. De vez en cuando hay que agradecer a los que hacen posibles esas pequeñas cosas, esas tonterías que nos permiten sonreír un segundo, un instante, y que siempre recordamos. Uno puede arrepentirse de muchas cosas, pero yo no lo puedo hacer de esta, porque cada momento de felicidad voy a recordarlo, y vale la pena un instante de esa felicidad a cambio de miles de lágrimas. Cada sonrisa, cada gesto, cada mirada… Los cuentos nos engañan, no siempre se besa a la princesa, pero aun así puede tener un final feliz. Es cuestión de encontrarlo…

hector, gran reflexión. Me alegro de poder decir, que nosotros (TBT), somos esa clase de personas que pese al paso del tiempo seguimos apreciando las pequeñas cosas (que no necesariamente han de ser las mismas que nos hacían felices de niños) y somos felices con el simple hecho de estar como estamos, con quien estamos, y caminar a lo largo de una noche sin rumbo fijo. Si uno tiene imaginación, no suele perder esa forma de ver la vida
ResponderEliminarMe ha gustado. Bastante, sinceramente, y es que hay que levantarse y seguir adelante, disfrutando de las cosas mas pequeñas, porque si no lo hacemos asi, caeremos en la desgracia de la muerte en vida, cotidianidad y dias grises.
ResponderEliminarVivamos en un mundo colorido, de dias distintos unos de otros y de felicidad. Porque si no somos felices en esta vida... ¿Cuando lo seremos?