10 de febrero de 2010

Una gran historia

¿Cuántas veces habremos oído que la vida es un cuento? ¿Cuántas veces nos habrán dicho que cada vida es una gran o una pequeña historia? ¿Cuántos protagonistas habrá dentro de las historias, y las historias que se entrelazan entre ellas? Incontable es el número de ocasiones en las que alguien nos ha dicho: “es como un cuento, como un libro”. Efectivamente, la vida es una historia: cada una tiene un protagonista (el yo de cada uno), tiene unos escenarios (nuestra casa, las ciudades donde hemos estado, etc.), unos personajes secundarios (padres, madres, tíos, abuelos, hermanos, amigos…) y un tiempo que transcurre (se inicia en nuestro nacimiento y acaba en nuestra muerte). Hasta aquí todo coincide. También tiene momentos varios. La infancia son los momentos más felices y entrañables, la adolescencia suelen ser los más duros, los más rutinarios la edad adulta, y finalmente es la vejez y la muerte lo que constituye la parte más emotiva del relato, la que más lágrimas produce.

La diferencia con la vida, aunque no lo parezca, es muy grande. Porque en los cuentos, en las historias, incluso en las películas si apuramos, no mueren los protagonistas habitualmente. Puede morir algún personaje, más o menos importante, pero, ¿qué hubiera sido de la Cenicienta muerta? ¿Los tres cerditos? ¿Hansel y Gretel? ¿Y Harry Potter? No habría historia. En nuestra aventura sí muere el protagonista al final, morimos nosotros. Por tanto, no es un final feliz. Puede ser un final feliz el casarnos con el amor de nuestra vida después de mil y una adversidades, el superar el problemón más gordo, sobrevivir a una guerra, pero hay algo de lo que nunca escaparemos: la muerte siempre acecha detrás de cada rincón.

Pensando en esto último… ¿cuántas veces habremos escuchado aquello de no somos nada? La muerte es nuestro destino y de ella no podemos escapar. Puede alargarse y retrasarse, pero siempre nos alcanzará, para bien o para mal. Mientras los cuentos y novelas son inmortales, nosotros no. Ésa es la diferencia. La primera, porque la segunda es que en la vida real, no siempre se consigue lo que se busca. En la imaginación el príncipe y la princesa se casan, y son felices y comen perdices, pero recordad una cosa: en nuestro cuento, no siempre besamos a la princesa.

Quizá sea bueno tener en cuenta estas diferencias para no vivir de manera equivocada, desde una perspectiva errónea. No por ello hemos de deprimirnos, al contrario, porque nuestra historia tiene final (aunque no lo conozcamos) tenemos que aprovechar cada instante, cada momento, leer despacio las páginas, las líneas, las palabras, porque quién sabe si en la página siguiente todo acabará. El protagonista de nuestra particular historia desaparecerá. Y será nuestra propia historia la mejor que encontraremos en la vida. Ahora entiendo aquello de que siempre se van los mejores…

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