7 de febrero de 2010

Sobre la indiferencia...

Me he dado cuenta que últimamente los pases no los hacen sólo los futbolistas, toreros, o las salas de cine y teatro. Ahora las personas también realizan pases. Y con personas no me refiero a que los mencionados anteriormente no lo sean, sino que estas personas son normales. Además, realizan un tipo de pase muy especial: pasan de otras personas. Todos tenemos en mente el caso de los dos que no se tragan, de los dos enemigos o de los que, simplemente, se llevan mal mutuamente y no se soportan. En estos casos, está aceptado el hecho de que el uno pase del otro, porque más vale que pasen a que decidan pelearse y pegarse de una manera primitiva. Una indiferencia justificada es más digna que un barullo, aunque éste sea también justificado.

Pero luego está el caso de la indiferencia sin justificación. Que nadie se extrañe o se haga el loco, porque la mayoría habrá recurrido a este patético sistema. Un sistema que trata de evitar en lugar de hablar las cosas o de afrontarlas. En cierto modo también la indiferencia justificada lo evita, pero es evitar un mal mayor. Más vale eso que acabar en el hospital o el juzgado. Por eso es peor la segunda indiferencia, la que podemos calificar como indiferencia cobarde, indiferencia huidiza o escapatoria; en definitiva, la indiferencia evitable, nunca mejor dicho. Quizá no sea el mejor ejemplo, pero siempre he pensado que lo mejor en esta vida es ir de frente, te puedes pegar buenas hostias y cagarte en todo, pero más vale un golpe frontal que uno en la nuca. No lo digo yo, lo dicen los médicos. Y puede que el refrán también vaya por ese camino… De todas formas, a veces no logro entender la actitud de ciertas personas que se dedican a evitar, por diversos motivos, a otras. Y en este grupo me incluyo yo, lo que pasa es que es más fácil aconsejar a los demás que aplicarlo a uno mismo. Eso que dice el refrán de la paja en ojo ajeno y la viga en el propio, pues lo mismo. Lo que más me fastidia, y es lo que yo trato de esquivar, es que sean las personas amables, las que se comportan bien con uno, las que demuestran cierto aprecio o sólo intentaban llevarse bien con el otro, de hacer reír, de intentar conseguir una sonrisa feliz, trato de que no sean estas personas las que sufran mi indiferencia. Porque no es justo. Tristemente, suele pasar habitualmente. Y lo peor de todo, lo más triste, lo más penoso, es que la indiferencia es una muestra de desprecio. Despreciemos al que nos enfurece, al que nos cabrea, al que nos hace llorar (y no de alegría), al que nos hace ser infelices, pero no utilicemos la indiferencia evitable con la persona que no toca; saquemos esa valentía del ser humano y afrontemos las cosas, y entonces ya puede utilizarse lo que se desee, pero con una negociación o diálogo previo. No hagamos que los demás se sientan mal por nuestra cobardía…Por eso, y aunque yo sea el primero que no lo haga, me gustaría un día que todos fuéramos de frente y dijéramos lo que pensamos, de una manera civilizada. Porque yo soy de los que siempre ha pensado que más vale un único balazo que una profunda, o no tan profunda, cuchillada…

En ocasiones me da por pensar cómo hubiera cambiado el mundo en caso de ir de frente, la de cosas que se hubieran evitado, o empeorado, vete tú a saber. En fin, yo sigo aquí observando como la indiferencia justificada nos hace civilizados mientras la indiferencia evitable nos convierte en avestruces que esconden la cabeza…

1 comentario:

  1. Despues de, haber estado indiferente de este blog, me pregunto, Héctor, que te habrá llevado a escribir esta entrada

    Sinceramente, estoy de acuerdo contigo. Mas malo es ir por detras, que ir de frente, claro. Hay que cuidarse de este tipo personas porque quizás, mas que el enemigo mas mortifero para nosotros, la persona que, pese a caernos bien, sea indiferente ante nosotros sea lo que realmente nos provoca mayor malestar.

    En fin, una buena entrada con la que coincido... y ahora a leer la de ¡Qué tiempos aquellos!

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